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LEY DE ENFERMERÍA Y REGISTROS DE ENFERMERÍA



 




¿Hasta qué punto somos técnicos y hasta qué punto seres humanos que ejercemos una profesión? Cada uno de nosotros da una respuesta a esta pregunta, una respuesta que no es precisamente teórica. Los pacientes lo saben, porque los pacientes van a notar este calor humano que sabemos o no les sabemos transmitir. Van a diagnosticar nuestro estilo de relacionarnos, de mezclar lo técnico con lo afectivo, y por cierto que no nos van a agradecer que seamos meramente sus amigos. Lo que nos piden es comprensión, pero también ayuda, y la ayuda siempre tiene un componente técnico. Nos piden, por consiguiente, equilibrio.
Nada puede ponernos más en cuestión, como profesionales de la salud, que esta pregunta: ¿qué das tú en la relación con tus pacientes? ¿Les das esfuerzo diagnóstico? ¿Les das habilidad técnica? ¿Les das un poco de cariño? ¿Les das capacidad de escuchar, escuchar sin interpretar, escuchar sin juzgar, escuchar para sí aliviar? ¿Sabes dar varias de estas cosas? Todas estas preguntas nos interrogan y nos molestan, porque lo más sencillo es seguir los dictados de la pereza, a saber: proyectarnos en lo bueno y malo que somos, pero sobre todo dar solo lo que deseamos dar.
El profesional de enfermería que se supera es el que lucha contra esta pereza, es el profesional con capacidad de reflexionar sobre su estilo de práctica clínica, y que elige el camino de cuestionarse sus hábitos. Veamos un poco más este concepto y la relación que guarda con la Comunicación.
Actuamos y hacemos por lo que se nos exige, y en esta ecuación la afectividad,(lo que hacemos sentir y lo que nosotros mismos sentimos) no está considerada. El gerente de nuestro Hospital, o el director de nuestro Equipo de Salud , raramente van a cuestionar nuestra cordialidad, o nuestra empatía, hacia los pacientes,(mucho menos nuestra generosidad emocional hacia ellos). Así pues hemos aprendido un curriculum formal donde todos coinciden en la importancia del trato humano, pero hemos aprendido también un curriculum informal o inaparente, un sistema de valores transmitido en comentarios de pasillo, que tiene la fuerza de un determinado consenso social o profesional. Y este curriculum informal tiene una ideología bien definida: lo que se valora de nuestro quehacer es que nos saquemos el trabajo de delante y seamos productivos, poco más,(o nada más ,añadirían los pesimistas). Por desgracia este es el punto de partida.
La consecuencia de todo ello es que mantener un tono emocional empático, ser generosos, interesarnos por nuestro prójimo y por nuestros pacientes, más allá de los resultados técnicos que nos van a exigir los gestores, es un acto de voluntad deliberada que solo la toma una persona que ha entendido lo que describíamos más arriba. ¿Para qué va a hacer este esfuerzo emocional? ¿Por qué es el buen samaritano que ayuda al prójimo? La tesis que defendemos es que lo debe hacer ...¡por egoismo!. Resulta paradójico: ¡debe dar empatía por puro egoismo....! ¿cómo se entiende eso?
He aquí de manera sintética nuestra argumentación : solo quien se ayuda ayudando puede mantenerse en el campo de la clínica sin desgaste emocional. Quien ayuda como favor, como generosa dádiva, pensando para sus adentros, "menuda suerte tienen mis pacientes de tenerme como enfermero/a", o con otros subterfugios narcicistas del tipo "vaya si llego a ser buena persona", resulta que ha creado en su cerebro una manera de funcionar errónea, que inexorablemente va a llevarle al síndrome del "profesional quemado". Al cabo de unos años su generosidad va a acabarse, cada vez será más cicatero en sus sonrisas y en su capacidad de empatizar. Y la clave del tema es así de sencilla: está dando sin recibir nada a cambio.
Porque en la clínica diaria lo más importante que recibimos en pago a nuestro esfuerzo no va a llegarnos de nuestros jefes, ni de nuestra Administración, ni tampoco de incentivos milagrosos. El regalo más precioso nos va a llegar del compartir y del aprender con los pacientes. ¿Qué me está diciendo este paciente desde su manera de vivir? ¿De donde le viene esta serenidad frente a la muerte? ¿He sabido crear un ambiente de reflexión en esta familia? ¿Qué he aprendido de este paciente difícil? ¿En que sentido me ha supuesto un reto? ¿Qué me ha cambiado? ¿Soy un poco mejor que hace medio año?
Pero hete aquí que además de la pereza tenemos otro potente enemigo de nuestro progreso profesional y humano: el paso de los años. El paso de los años suele hacernos más irritables, menos empáticos, más cicateros en nuestras manifestaciones afectivas, (añadiríamos, fuera y dentro de nuestro rol profesional). ¿Hay un envejecimiento de las emociones? Probablemente sea así, y en parte va a ser nuestro control consciente del proceso, una deliberada voluntad de preservar la frescura de nuestro arco emocional, (arco que va de la risa al llanto, sin perdernos en un triste paisaje de amorfa neutralidad), la que evitará que este paso de los años nos pinte cara de refunfuñones, de amargados, o de esquivos... He aquí un interesante reto biográfico. La voluntad de ayudar ayudándonos es una voluntad que debe actualizarse a cada momento.
La obra que usted, amigo lector, tiene en sus manos, enfatiza estos aspectos actitudinales así como técnicas concretas para situaciones concretas. Ello se debe a que justamente un aspecto que hemos descubierto al formalizar las técnicas y habilidades de comunicación es que con ellas aliviábamos un componente de tensión en el profesional, una tensión derivada del "¿qué voy a hacer en esta situación?", y también, "¿lo estaré haciendo bien?". Al formalizar determinados protocolos de actuación estábamos trazando unos estándares que repercutían en la seguridad del clínico. Esto actuaba positivamente, porque en el fondo lo que hacíamos era provocar un mayor nivel de autocontrol sobre el entorno, y los seres humanos tenemos un rendimiento superior cuando hay menos amenazas fuera de nuestro control. No lo podemos ignorar: el profesional se siente más seguro cuando sabe qué puede hacer ante un paciente agresivo, o un paciente silencioso, u otro que se niega a cooperar. Sobre esta faceta digamos conductual, se añade otra faceta netamente emocional. No podemos conformarnos con enunciar pautas de "cómo hacer tal cosa", porque el clima emocional que rodea el encuentro entre paciente y profesional delimita netamente los grados de libertad de este último. Mal puede el profesional plantearse habilidades de empatía si lo que le domina es una íntima e ineluctable emoción de ira.
La relación entre técnica de comunicación y sentimientos es compleja, y como mínima tiene tres vertientes que enunciaremos brevemente. Una primera vertiente es la mutua interacción entre conducta y sentimiento . Un profesional desapegado de sus pacientes puede que note cierto interés por ellos si integra como hábito una técnica tan sencilla como al de averiguar creencias. Poco a poco desarrollará más interés por las opiniones de sus pacientes, y en cierta manera él mismo va a ser más paciente con ellos. La relación entre conducta y emoción es así de compleja.

La segunda vertiente de esta compleja interacción está en la modulación del insight. Se entiende por insight la capacidad de percatarnos de nuestros sentimientos. Es un término que nos viene del psicoanálisis pero que ha sido universalmente tomado, y por cierto que resulta un concepto bien útil. Hoy en dia, por ejemplo, sabemos que las personas con bajo insight tienen peor abordaje psicoterapéutico, sobre todo para las psicoterapias de orientación dinámica. Pues bien, en la medida en que un enfermero/a es más capaz de observar lo que hace y siente, -y este libro pretende hacer una contribución a esta capacidad-, sedimenta en mayor medida sus progresos en comunicación, y puede a su vez aplicar inteligencia para criticar viejas costumbres o hábitos.
Pero no acaba aquí la cosa. Si todo este ciclo se cumple, resulta que nuestra práctica asistencial va transformándose, y el eco que vamos recibiendo de los propios pacientes, también. Puede que los pacientes nos regalen una sonrisa con solo vernos, y eso es una caricia que recibimos. Puede que nos manifiesten... "bueno por hoy ya no le quiero molestar con más problemas", y en esta frase nos están mostrando también que en cierta manera son ellos los que nos están cuidando.
Hasta aquí todo han sido buenas noticias. Ahora, amigo lector, vienen las malas.
Si usted ha decidido mejorar su práctica clínica, y por consiguiente ser un profesional equilibrado en el trato humano y técnico, tiene que saber que van a delegarle más trabajo, que los pacientes van a pedir más sus servicios, y que para todo ello usted va a ganar lo mismo que el resto del equipo. Le van a delegar más porque le van a ver en mejor predisposición. Puede incluso que le digan en tono de reto: "¡a ver si puedes con este paciente refunfuñón!" Este diferencial de esfuerzo con el resto del equipo raramente tiene recompensa crematística. Resulta muy humano que usted piense: "¿vale la pena el esfuerzo que hago?". La respuesta que le brindamos es la siguiente: si usted lo analiza en términos de autoestima, de intercambio emocional enriquecedor, si lo analiza en términos de desarrollo personal y profesional, y de manera sustantiva, en relación a lo que significa vivir su profesión a fondo, indudablemente usted, amigo lector, ha acertado el camino. Porque la práctica clínica solo merece la pena de ser vivida desde la intensidad emocional, (lo que supone momentos de plenitud, pero también de sufrimiento y tensión). Y porque solo desde esta intensidad emocional se conjura el aburrimiento, esa venialidad del alma capaz de enturbiar la felicidad en mayor medida que los retos de la vida cotidiana. Pero si usted lo analiza como ahora tan de moda está, a saber, desde la medida del poder adquisitivo, el prestigio social y la competitividad... entonces, amigo lector... ¿qué hace usted siendo profesional de salud?

 

 


Autor: Rodolfo Cerminara
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